Quienes vieron el futuro. Capítulo 3: Jules Verne, el escritor que vio el futuro antes que nadie

Retrato de Jules Verne con un globo aerostático de fondo, símbolo de sus viajes imaginarios

Hay dos formas de predecir el futuro.

La primera consiste en cerrar los ojos, hablar en metáforas y esperar que, siglos después, alguien encuentre una frase tuya que encaje con alguna desgracia ajena.

La segunda consiste en leer tratados de ingeniería.

Y ahí aparece Jules Verne. O Julio Verne, que aquí siempre nos gusta españolizarlo todo.

El problema de no invocar espíritus

Mientras otros visionarios hablaban de ciudades ardiendo bajo el hierro o de reyes destronados por el destino, Verne hacía algo profundamente poco místico: investigaba.

Leía revistas científicas. Consultaba ingenieros. Estudiaba avances tecnológicos.

Luego escribía novelas.

Y, sin proponérselo exactamente, empezó a describir el futuro.

El catálogo de «profecías» incómodamente precisas

El caso más famoso aparece en De la Tierra a la Luna (1865). En esa novela, Verne describe un proyecto para enviar seres humanos al espacio mediante un proyectil lanzado desde Florida (EEUU).

Un siglo más tarde, el programa NASA enviaría astronautas al espacio… desde Florida.

La coincidencia es lo suficientemente precisa como para resultar incómoda para cualquier amante de lo sobrenatural.

Pero no fue la única.

En 20.000 leguas de viaje submarino, Verne imaginó el Nautilus, un submarino eléctrico capaz de recorrer largas distancias bajo el océano, con sistemas de navegación avanzados, autonomía energética y capacidad de exploración científica.

Décadas después, los submarinos modernos se parecerían sospechosamente a aquella fantasía literaria. ¿Sería Isaac Peral fan del Jules Verne?

Y aún hay más.

En París en el siglo XX (escrita en 1863, publicada más de 130 años después), describe un mundo con rascacielos de vidrio, redes de transporte rápido, comunicaciones instantáneas y una sociedad obsesionada con la tecnología.

Algo inquietantemente parecido al presente, ¿no crees?

En otras obras anticipó también helicópteros conceptuales, exploración polar sistemática, armas tecnológicamente avanzadas, y viajes alrededor del mundo a velocidades nunca vistas.

Nada de esto apareció en forma de metáfora oscura. Lo describió con detalles técnicos.

Y esa precisión tiene un efecto curioso: cuando acierta no parece profecía; parece ingeniería prematura.

El visionario incómodamente racional

La diferencia entre Verne y otros supuestos profetas es casi ofensiva para quienes prefieren el misterio.

Verne no habla del futuro como destino, sino como consecuencia.

Si la electricidad progresa, aparecerán nuevas máquinas. Si la metalurgia mejora, surgirán vehículos más complejos. Si la ciencia avanza, el ser humano explorará territorios imposibles.

Era, básicamente, extrapolación.

Un ejercicio de imaginación basado en tendencias reales.

Nada que requiera espíritus, visiones ni interpretaciones crípticas cinco siglos después.

Qué falta de romanticismo.

El fan intentando ser neutral (con resultados discutibles)

Aquí debería mantener una prudente distancia crítica. Pero recuerdo mis veranos de la infancia devorando novelas de Julio Verne.

Debería señalar que Verne también cometió errores científicos. Que algunas de sus ideas eran optimistas en exceso. Que su visión del progreso era profundamente hija del entusiasmo industrial del siglo XIX.

Todo eso es verdad.

Pero también es verdad que, comparado con los profetas tradicionales, Verne jugaba en modo difícil.

Sus ideas estaban escritas negro sobre blanco. Con fechas. Con descripciones concretas.

No había metáforas salvadoras. Si se equivocaba, quedaba registrado para siempre.

Curiosamente acertó más de lo que cabría esperar de alguien que simplemente estaba escribiendo novelas de aventuras.

El profeta que no quería serlo

A diferencia de muchos visionarios, Jules Verne nunca construyó su fama alrededor del misterio.

No prometía el fin del mundo en fechas precisas. No anunciaba guerras inevitables ni catástrofes cósmicas.

Prometía algo mucho más peligroso para cualquier profeta profesional: curiosidad.

En sus libros el futuro no era una revelación divina.

Era el resultado natural de lo que los humanos ya estaban empezando a hacer.

Epílogo ligeramente parcial

Quizás por eso Verne genera menos titulares apocalípticos que cualquier vidente con una fecha para el Armagedón.

El misterio vende más que la extrapolación científica.

Pero si uno tiene que elegir a quién confiar el mañana, tal vez sea prudente apostar por quien entiende cómo funcionan las máquinas antes de anunciar cómo terminará el mundo.

Porque el futuro no se adivina.

Se construye.

Y a veces, muy de vez en cuando, un novelista puede verlo venir simplemente porque estaba prestando atención.

Dicho esto, me declaro fan incondicional de todo lo apocalíptico, y entiendo de alguna manera la fascinación que despiertan los supuestos profetas. En 2026 ponemos como profético hasta los episodios de Los Simpson, pero quizás si miráramos a nuestro alrededor con verdadera curiosidad, incluso nosotros mismo podríamos dar el pego de profetas.

Porque la curiosidad no mató al gato.

Solo le dio más flow.

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Publicado por Álex Calvet

Escribo, leo y a veces me lo creo. Descubrí el rol y los cómics a los 30, pero nunca es tarde si la frikada es buena.

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