En abril de 1870, dos mujeres salen del Strand Theatre de Londres del brazo de varios caballeros, envueltas en seda, encaje y esa clase de seguridad que la policía siempre encuentra sospechosa cuando viene de alguien que no debería sentirse tan libre. No saben todavía que esa noche van a convertirse en espectáculo, prueba forense y advertencia moral, todo al mismo tiempo.
Al llegar a la calle, un agente las detiene con una frase que hoy sonaría a chiste malo si no fuera tan violenta: “Tengo razones para creer que son hombres en ropa de mujer”. Traducido: tu cuerpo no encaja en mi guion, así que vamos a reescribirlo a golpes de informe policial.
El crimen de existir demasiado
En los papeles oficiales, se llaman Thomas Ernest Boulton y Frederick William Park; en la vida que eligieron, son Stella y Fanny, y con eso ya debería bastar. Su otro gran delito, además de llevar vestidos mejor que muchas damas de la época, es no esconderse lo suficiente: suben a escenarios, coquetean con hombres, ocupan espacios públicos como si tuvieran derecho a ser vistas.
La policía llevaba un año siguiéndolas, convencida de que detrás de la purpurina había sodomía, sexo entre hombres, una pequeña conspiración queer contra la buena conciencia británica. Lo que nos enseña la historia es que el problema nunca han sido los secretos, sino la gente que se toma como misión de vida descubrirlos.
El circo forense del deseo
Tras la detención viene la parte favorita del patriarcado: desnudar cuerpos ajenos con la coartada de la ciencia. Médicos varones examinan el ano de Stella y Fanny buscando pruebas de “crímenes antinaturales” y describen sus cuerpos con una frialdad que es, ella misma, un acto de violencia. No hay consentimiento, no hay intimidad, solo la idea brillante de que el deseo se puede medir en milímetros de dilatación.
Al final, seis doctores de la defensa concluyen que no hay evidencia clara de sodomía, lo que en cristiano significa: no habéis encontrado nada porque la vida sexual de la gente no necesita dejaros un acta notarial en el recto. El juicio acaba en absolución, pero el mensaje queda: tu cuerpo puede salir inocente, tu dignidad nunca.
De escándalo victoriano a historia queer
Con el tiempo, el caso de Stella y Fanny se ha convertido en uno de esos hitos que aparecen en cualquier cronología de “historia gay en el Reino Unido”, siempre con el adjetivo “sensacional” pegado a su nombre. Lo curioso es que durante décadas se intentó leerlo como una rareza pintoresca: dos hombres algo excéntricos, muy teatrales, un poco ridículos, pero nada demasiado serio.
Ahora, desde una mirada queer, sabemos que el problema no era que ellas fueran demasiado teatrales, sino que el resto del mundo se esforzara tanto en fingir lo contrario: que el género no es una performance, que el deseo tiene normas, que la heterosexualidad es la única partitura posible. Lo que Stella y Fanny hicieron fue algo muy sencillo y muy imperdonable: vivir como si todo eso fuera negociable.
No, José Tomás, no lo inventamos ayer
La parte incómoda es esta: cuando hoy hablamos de travestismo, relaciones no monógamas u homosexualidad, nos encanta actuar como si estuviéramos inaugurando la fiesta. Como si antes todo hubiera sido blanco y negro, misas y matrimonios, y de pronto llegásemos nosotros, la generación ilustrada, a descubrir que el deseo tiene variaciones.
La existencia de Stella y Fanny en la Inglaterra victoriana es un recordatorio incómodo de que no estamos inventando nada, solo poniendo nombre a cosas que llevan siglos pasando en habitaciones, camerinos y camas donde nunca entró un historiador. Es más fácil decir “esto es una moda” que admitir que tus abuelos, tus bisabuelos o el señor respetable de la foto sepia pudieron vivir vidas mucho menos normativas de lo que te contaron.
No monogamia bajo encaje y levita
Alrededor de Stella y Fanny hay toda una constelación de amantes, amigos y cómplices que desmonta la fantasía de la pareja eterna como única opción legítima. Lord Arthur Clinton, aristócrata y político, aparece como amante, pretendiente y casi marido simbólico de Stella, lo bastante implicado como para que su nombre quede asociado para siempre al escándalo.
Los rumores sobre cartas, visitas nocturnas y complicidades entre hombres señalan algo que preferimos no ver: la monogamia siempre ha sido más un relato oficial que una descripción fiel de las prácticas. Mientras la ley predicaba fidelidad, los cuerpos iban negociando otra cosa: acuerdos tácitos, amores simultáneos, dobles vidas y vínculos que no caben en la casilla de “es complicado”.
El espejo que no queremos mirar
La sociedad victoriana convirtió el caso en un espectáculo para confirmar lo que ya creía: que la desviación es cosa de unos pocos degenerados que pueden ser exhibidos, ridiculizados y luego olvidados. Pero la multitud que se agolpaba en la puerta del juzgado no miraba solo morbo, miraba un espejo, y eso siempre asusta.
Porque si Stella y Fanny existen, si hay hombres que las desean, si un lord pone su reputación en juego por ellas, entonces la frontera entre “gente decente” y “depravados” se vuelve sospechosamente borrosa. Lo mismo nos pasa hoy cuando fingimos que la diversidad afectiva y sexual es algo ajeno, una bandera lejana, y no algo que atraviesa a nuestras familias, amistades y biografías más de lo que estamos dispuestos a confesar.
Memoria queer, no souvenir exótico
Los archivos guardan fotos de Stella y Fanny posando en vestidos, declaraciones de testigos, inventarios de ropa incautada, papeles judiciales llenos de eufemismos que intentan decir “deseo” sin mancharse la boca. Durante mucho tiempo, ese material se usó como curiosidad histórica, una especie de postcard victoriana “para adultos”.
Pero si miramos bien, lo que hay ahí es otra cosa: la prueba de que hubo gente que ya vivió, sufrió, disfrutó y escandalizó como vivimos, sufrimos, disfrutamos y escandalizamos ahora. La diferencia es que a ellas les tocó hacerlo con la espada de la cárcel y el desprecio público colgando sobre la cabeza, mientras nosotros discutimos términos en redes sociales.
No inventamos el deseo, inventamos las excusas
La historia de Stella y Fanny no nos pide empatía blandita, sino honestidad: reconocer que el deseo fuera de la norma no es una anomalía contemporánea, sino la constante que la historia ha intentado borrar una y otra vez. Algunos le llamarán travestismo, otros homosexualidad, otros “depravación”, otros “arte”, pero el hecho es el mismo: los cuerpos han buscado siempre maneras de salirse del guion.
Quizá la parte verdaderamente moderna no sea amar distinto, sino tener el descaro de llamar a las cosas por su nombre sin pedir permiso. Stella y Fanny lo hicieron en un tiempo en que ni siquiera existían las palabras que hoy usamos, y aun así vivieron como si las tuvieran. El mínimo que podemos hacer es recordar que, cuando nos creemos pioneros, muchas veces solo estamos caminando por sendas que otras abrieron con tacones, miedo y mucha más valentía de la que nos gusta admitir.
Últimos artículos del blog
Y si Stella y Fanny nos enseñaron algo, es que el deseo no pide permiso para existir. Lo queer, el travestismo, las vidas que se salen del guion: no son inventos de TikTok ni de las marchas del Orgullo. Son la corriente subterránea que la historia oficial ha intentado represar con leyes, diagnósticos médicos y silencio. Esta historia la descubrí gracias al artículo de Magnet/Xataka sobre Boulton y Park, pero aquí la he reescrito con mi voz, mis fuentes y mi rabia: porque recuperar estas vidas no es un hobby, es un acto de memoria contra el olvido que nos conviene a todos.
No me dejes aquí solo gritando verdades incómodas al vacío. Si este artículo te ha hecho cuestionar lo que creías incuestionable, suscríbete YA a la newsletter mensual. Un correo al mes, sin spam, sin postureo: solo reflexiones que pican, historias que incomodan y palabras que no encontrarás en ningún feed. Haz clic en suscribirse ahora o sigue fingiendo que tu mundo es tan sólido como crees. ¿Qué eliges?
Descubre más desde No matamos al gato | Blog de Álex Calvet
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


