Margarita Xirgu, la actriz que el franquismo exilió a la sombra de la historia

En un viaje a la ciudad de Mérida, visitando el Teatro y Anfiteatro romano (lo que recomiendo encarecidamente, así como visitar Mérida en sí), me topé, como cualquier turista que haya paseado por esa maravilla, con una estatua dedicada a Margarita Xirgu. Desde aquel momento vengo dándole vueltas, pensando cada semana (no es broma) cómo y cuándo hablar de ella. Va a ser la primera Mujer en la sombra que te traiga.

Porque Margarita Xirgu es una de esas mujeres que la historia se ha empeñado en mantener en la sombra. Una actriz que cambió el teatro español, se codeó con los grandes del siglo y terminó desterrada por culpa de un régimen que prefería que la gente se callara antes que interpretara. Igual no fue la historia quién intentó mantenerla en la sombra, sino quienes se encargan de escribirla.

Su historia es un recordatorio incómodo: a algunas personas no se les olvida, se las borra a propósito. Y aunque haya gente que no le guste leerlo ni escucharlo, sobre todo hay mujeres borradas de la historia. Por eso he querido traer una serie muy especial, que tendrá una continuidad dispersa, pero con mucho poso. Mujeres en la sombra será una serie para rescatar a quienes hicieron Historia y a quienes la historia se ha negado a contar.

Una actriz de Barcelona que se bebió el siglo XX

Margarita Xirgu Subirá nació en Molins de Rei en 1888, en una casa donde la cultura era casi un rito doméstico.

Desde niña la obligaban a recitar ante invitados, como si la estuvieran entrenando para una vida en escenarios.

A los 18 años debutó en el Teatro Romea de Barcelona y, en pocos años, pasó de ateneos populares a escenarios de primer nivel, convirtiéndose en una de las grandes actrices trágicas de su tiempo.

Lo suyo es una fisura en el escenario, una actriz que se tragaba el texto y lo devolvía con más intensidad que el original.

La mujer que descubrió a Lorca

Uno de los grandes giros de su vida cruzó camino con un joven poeta granadino que entonces era solo un nombre entre muchos.

Fue a través de una amiga, Lydia Cabrera, que Xirgu conoció a Federico García Lorca y que se decidió a leer Mariana Pineda, una obra que nadie se atrevía a producir.

Ella aceptó el reto, ensayó la obra y, en 1927, la estrenó en Barcelona, convirtiéndose en la primera actriz definitiva del teatro lorquiano.

Su relación con Lorca fue intensa, artística y afectiva, una de esas amistades que se quedan en el imaginario de una época, mientras otros solo se quedan en la bibliografía.

Teatro y política: una actriz que no quería callarse

Xirgu no se conformó con ser una estrella decorativa; quiso ser también un estorbo político. Como si una miembro de los Bardem se tratase.

Se implicó en la defensa de la Segunda República, recorrió escenarios y mítines, y se convirtió en una figura incómoda para quienes preferían que el teatro se limitara a distraer y no a incomodar. Qué actual parece todo.

Cuando la Guerra Civil estalló, ella estaba en plena gira americana; un viaje de seis meses que, por decisión de la Historia, se alargó treinta y tres años.

El 31 de enero de 1936 zarpó de Santander hacia La Habana para participar en una gira teatral. Jamás volvió a pisar España como ciudadana libre: el franquismo se instaló en el poder y, para Xirgu, el regreso no era una opción, sino una garantía de silencio forzado.

El exilio: de Barcelona a América Latina, pero sin papeles

Margarita Xirgu vivió el exilio como una derrota, pero también como una pequeña burla histórica: mientras España la borraba de los libros, América Latina la convertía en un referente.

Se afincó en Argentina, Chile y Uruguay, dónde montó compañías de teatro, dirigió escuelas y formó a generaciones de actores y actrices que no llegaron a verla en España, pero que aprendieron de ella en el otro lado del Atlántico.

En Montevideo llegó a dirigir la Escuela de Arte Dramático, hoy llamada en su honor, y se convirtió en un faro cultural para la comunidad republicana en el exilio.

Mientras en España se apagaban las voces que pensaban distinto, Xirgu se aferraba al teatro como si fuera un arma de segunda mano, pero igualmente efectiva.

En la sombra del franquismo y del silencio complaciente

El franquismo la condenó de forma simbólica y real: fue catalogada como «roja», exiliada de forma perpetua, y su nombre se disfrazó de olvido en el discurso oficial.

En contraste, en América Latina su figura creció hasta adquirir estatura de leyenda. Una actriz que había cambiado el teatro español y que, desde el exilio, se convirtió en un estorbo fantasma para quienes aún intentan borrarla.

Cuando murió en Montevideo, en 1969, algunos en España se preguntaban si aún vivía. Tanto tiempo había pasado desde la última vez que la vieron en un escenario, y tanto se había empleado en borrarla de la memoria.

Por qué vale la pena sacarla de la sombra

Margarita Xirgu es una de esas mujeres que concentran en una sola vida varios debates: la libertad de expresión, el peso del arte frente al poder y el exilio como forma de resistencia silenciosa.

Es también un ejemplo perfecto de lo que busca Mujeres en la sombra; aquellas que hicieron Historia, pero que la Historia se empeñó en enterrar o relegar a un margen, como si el nombre fuera un delito capital.

Recuperar a Xirgu no es solo contar una biografía, es recordar que la historia del teatro español, del exilio republicano y de la lucha por la libertad cultural hubiera sido distinta sin ella.

Y, en el camino, es también una pequeña reprimenda: un recordatorio de que la Historia no olvida por casualidad, sino porque alguien se lo propone con ahínco.

Porque si la historia se empeña en olvidar a quienes no encajan, es justo que alguien se encargue de recordarlas.

Margarita Xirgu no fue una mujer excepcional «porque se la pasó por alto», sino a pesar de que se la pasó por alto.

Y esta es la clase de historia que, por suerte, todavía se puede rescatar antes de que el silencio se vuelva definitivo.

¿Después de leer lo de Margarita Xirgu sigues pensando que la historia la olvidó sola?

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Publicado por Álex Calvet

Escribo, leo y a veces me lo creo. Descubrí el rol y los cómics a los 30, pero nunca es tarde si la frikada es buena.

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