Hoy escribo con pesadez. En las manos y en la cabeza. Con miles de pensamientos recorriendo cada milímetro de este cerebro sobresaturado. Quiero escribir, quiero apartar el blog, quiero publicar, quiero hacer de este espacio mi punto de conexión contigo, quiero jugar, quiero perder el tiempo en el ordenador… Pero todo es mentira y verdad a la vez, lo único que quiero realmente es que mi cerebro sepa desconectarse, poder dormir a gusto.
Vivimos en la era del click, del aplauso fugaz, del «me gusta» automático. Escribir se ha convertido en un acto de resistencia silenciosa. Ahora todo el mundo tiene un libro. No un buen libro. Pero todo el mundo tiene un libro. La belleza no existe en todos los libros, pero a la vez es un concepto tan abstracto que a veces llega a abrumarme.
Te sientas, tomas notas, escribes, y publicas algo con la intención de crear belleza, de proponer una mirada distinta, y lo que recibes son, si acaso, migajas de atención: un corazón, una visualización, una reacción que dura lo que tarda otro en deslizar el dedo hacia abajo. Scroll le llaman ahora. Dopamina barata para un cerebro adormilado.
Tan solo quiero compartir mi arte con las personas que me importan, que la gente artística que conocí por casualidad me den su feedback, que una vez al mes me llegue un mensaje bonito sobre lo que han generado mis palabras. Pero conmigo no puedes hacer scroll, lo siento. No busco dopamina de bazar. No busco generarte una erección espiritual. Tan solo quiero ser feliz escribiendo. Ser feliz y escribir. Escribir sobre la felicidad. Escribir sobre la no felicidad. Que me escribas y hablemos durante un corto rato sobre lo que te ha generado mi escrito.
A veces siento que el arte se ha convertido en un susurro en medio de una mercado lleno de gritos. Para que te escuchen parece que tengas que exponerte, desnudarte emocionalmente o crear escándalo. La profundidad se ahoga en la superficie; el misterio se diluye en la necesidad de ser visto.
Pero escribir sigue siendo mi manera de rebelarme. No busco viralidad ni pertenecer a esa maquinaria de cifras. Escribir es, aunque no me lea nadie, afirmar que todavía hay espacio para lo auténtico, para lo esencial. No busco ser trending topic. Busco que mis palabras trasciendan, que mis letras me sobrevivan. Porque el arte, aunque ignorado, sigue siendo lo más importante, lo que debería movernos; no el impulso de agradar o de vender, sino el deseo de comprender y transformar.
Quizás no tenga millones de seguidores, no pueda vivir de mis letras, pero tengo algo muy valioso: la convicción de que la palabra puede todavía salvar el alma de este mundo que corre demasiado rápido para mirar hacia dentro, que se autofagocita mirando una pantalla a la que le entregamos nuestra propia vida.
Quizás deje de escribir en este blog. Quizás escriba una vez al día en estas líneas. Quizás no cambie nada. Quizás lo cambie todo. Quizás no me compromete a absolutamente nada. No te prometo nada.
Si has llegado hasta aquí sin hacer scroll por inercia, ya hemos ganado algo juntos. Cuéntame qué te ha removido este texto o compártelo con alguien que escriba y dude. No necesito millones de ojos: me basta con los tuyos, si se quedan un momento más.
Descubre más desde No matamos al gato | Blog de Álex Calvet
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



Tú sabes que soy una romántica y me encanta cuando escribes algo desde el alma. Que bonito!
Qué bonito que me valores tanto, Kate ♥️