Nota del editor
Esta investigación nace como una manera de hacerme oír, de hacerme leer. Nace de una sensación de desasosiego, de un ardor espiritual, de una necesidad de poner palabras a lo que ocurre a mi alrededor.
Leía esta mañana un artículo de Gonzalo Sánchez en Levante-EMV. Hablaba del perfil de un chaval de 20 años. Un «fanático» de manual, dicen. Pero si rascamos la superficie de ese titular, lo que encontramos no es un caso aislado en la Comunidad Valenciana, sino el síntoma de una metástasis que recorre, al menos, Europa y Estados Unidos. No es solo un chico enfadado; es un soldado de una guerra que muchos todavía creen que se libra en Twitter, cuando ya hace tiempo que bajó a la calle.
Estos «fanáticos» ya no nacen en los mítines, estadios o bares turbios, sino a la sombra de YouTube, TikTok o Reddit. El radical moderno, el radical «de dormitorio», nace en su habitación, con la persiana bajada, los cascos puestos y una pantalla que le dice, amablemente, que él es la víctima de todo. Comienza con vídeos de motivación y evoluciona a discursos antifeministas.
Bienvenides a la manosfera, el lugar donde los gurús te explican que la sociedad está rota… pero por suerte ellos tienen un curso de 47 € que lo soluciona.
La manosfera: el túnel de entrada
Si no has oído hablar de la manosfera, es fácil: es una comunidad de onvres resentidos, «gurús» del fracaso sentimental, pseudo psicología barata y antifeminismo, todo ello disfrazado de autoayuda.
La mayoría de los chavales que entran ahí no buscan odio. Buscan orden. Buscan un mapa. Buscan alguien que les diga que no es su culpa si no saben qué hacer con su vida.
Y aparece alguien, siempre, que parece tu monitor de gym, con una gorra hacia atrás, un micro caro y una autoestima alquilada que les dice: «Bro, el problema son ellas».
Qué maravilla. Es como encontrar por fin el monstruo final al que echarle todas las culpas. Da lo mismo que el chaval viva con sus padres, trabaje por dos duros o no sepa quién es; ahora tiene un enemigo. Y eso, para un cerebro joven y perdido, es gasolina emocional.
Y el algoritmo, que es más eficaz que un perro de rescate, huele esa gasolina a tres kilómetros. Así que te pasa del vídeo motivacional al «ellas te engañan», de ahí al conspiracionismo, y del conspiracionismo al «la sociedad te debe algo» y al «te han robado la masculinidad».
A veces en menos tiempo de lo que tarda su madre en gritar «¡Ya está lista la cena!».
La manocultura del gym
Luego está el gimnasio. Pero no el gimnasio normal, ese dónde voy con mi barriga feliz a no morirme en la cinta. No, aquí hablamos del gimnasio convertido en templo. Hierro como símbolo de pureza moral. Disciplina como signo de superioridad. Cuerpo como bandera política.
Porque cuando un chaval no sabe quién es, alguien le dirá «Sé fuerte, conviértete en un guerrero». Eso suena bien, incluso romántico. El problema es que este discurso funciona como reclutamiento emocional, llevando a rechazar lo blando, lo complejo, lo cuidadoso. Es decir, todo lo humano.
Es una masculinidad militarizada, pero disfrazada de estilo de vida.
Lo peor de todo es que funciona. Funciona porque da identidad. Funciona porque da pertenencia. Funcional porque da un mensaje que dice «Tú eres de los nuestros».
No es solo hacer pesas. Es hacer pesas con narrativa.
El chaval radicalizado sin saberlo
Aquí llega la parte incómoda. El fanático moderno no se cree fanático, se cree despierto.
Creen que los demás están manipulados, mientras él se hace unos burpees y debora vídeos, discursos y memes que lo moldean por dentro como un alfarero con mala leche.
Los rasgos suelen repetirse; un varón joven, con precariedad laboral o vital, una identidad difusa, necesitado de certezas, intolerante a lo gris, y con la emoción sostenida de que todo el mundo le está vacilando. Este cóctel tiene un sabor inconfundible: amargura con poso de orgullo herido.
Y ojo, que no hablo de monstruos. Hablo de chavales que podrían ser tu vecino, tu primo, tu alumno, tu compañero de clases… Gente normal. Gente que no se ve entrando en un mitin de extrema derecha, pero sí viendo diez horas de vídeos de un tío que te explica que el feminismo es una estafa.
La radicalización ya no es política, es emocional.
Lo que viene después
Pero la manosfera es solo el prólogo. Lo verdaderamente peligroso empieza cuando el chaval se siente fuerte, despierto, distinto, parte de «algo más grande». Porque alguien terminará invitándolo a que abandone la pantalla, a entrenar con otros, a juntarse. A hacer tribu.
Y ahí es donde la historia empieza a torcerse de verdad.
En el próximo artículo, en la parte 2, hablaremos de los Active Clubs y la nueva extrema derecha que no necesita banderas, partidos ni líderes para crecer.
Porque si el fanático moderno se crea en casa, se entrena en la calle.
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2 comentarios sobre “Anatomía del odio. Parte 1: Cómo se fabrica un fanático de 20 años”