Nota del editor
Ahora que se acerca el cambio de año, mi cabeza está haciendo repaso y hay algo que me resuena más y más: la xenofobia que va en aumento en Europa. Me vienen recuerdos de principios de siglo XX, y eso me asusta.
Lee la carta entera de Tolkien a una editorial alemana tras ser cuestionado, también por carta, por su ascendencia judía antes de editar su obra en Alemania. 25 de julio de 1938.
Estimados señores:
Gracias por su carta. Lamento no tener muy claro a qué se refieren con «arisch». No soy de extracción aria: eso es indo-iraní; que yo sepa, ninguno de mis antepasados hablaba indostano, persa, gitano ni ningún otro dialecto afín. Pero si debo entender que quieren averiguar si soy de origen judío, sólo puedo responder que lamento no poder afirmar que no tengo antepasados que pertenezcan a ese dotado pueblo.
Mi tatarabuelo llegó a Inglaterra desde Alemania en el siglo XVIII; la mayor parte de mi ascendencia, por tanto, es puramente inglesa, y soy súbdito de Inglaterra; eso debería bastar. No obstante, me he acostumbrado a considerar mi apellido alemán con orgullo, y seguí considerándolo así durante todo el período de la lamentable pasada guerra, durante la cual serví en el ejército inglés. Sin embargo, no puedo dejar de comentar que si averiguaciones impertinentes e irrelevantes de esta especie han de convertirse en la regla en cuestiones relacionadas con la literatura, no está entonces distante el momento en que tener un apellido alemán deje de ser fuente de orgullo.
La averiguación en que se involucran sin duda obedece a las leyes de vuestro propio país, pero que estas deban aplicarse a súbditos de otro Estado no es correcto, aun si tuvieran (y no la tienen) la menor relación con los méritos de mi obra o la conveniencia de su publicación, de la que parecen estar satisfechos sin referencia alguna a mi «Abstammung*».
Confío en que encontrarán esta respuesta satisfactoria,
Atentamente suyo,
J. R. R. Tolkien.
* Ascendencia en alemán
Hay cartas que envejecen mal, cartas que se olvidan, y luego está esta de J. R. R. Tolkien, que envió en 1938 a sus editores alemanes cuando le preguntaron, con toda la finura diplomática del nazismo, si podía confirmar que era «ario». Tolkien, que podía ser muchas cosas pero nunca idiota, respondió como solo un filólogo inglés cansado de tonterías puede hacerlo: con ironía, con pedantería medida y con una mala leche que atravesaría hasta el espacio tiempo si se lo propusiera.
«Lamento no poder afirmar que no tengo antepasados que pertenezcan a ese dotado pueblo», les escribió. Es decir, ojalá pudiera deciros que soy judío, pero no tengo pruebas suficientes. Y detrás venía el golpe en la barbilla, cuando les dice que aquello de pedir papeles de pureza racial era una «averiguación impertinente e irrelevante». Una frase para poner en una taza y repartirlas en algunos parlamentos europeos y, ya de paso, en algunos ayuntamientos españoles.
Porque esta carta, escrita en un mundo a punto de estallar, vuelve con un eco incómodo, el de una Europa (y una España) obsesionada otra vez con preguntar quién es de aquí, quién merece quedarse y qué apellido hay que tener para no levantar sospechas. En 1938 lo llamaban «Abstammung»; hoy lo llaman «identidad». El mecanismo es el mismo, solo cambia el papel en el que se escribe.
Tolkien, ¿racista?
Vamos a hacer una pausa y decirlo claramente: Tolkien no es un santo laico, tiene muchas sombras; su obra está repleta de jerarquías morales, pueblos «oscuros», enemigos casi biológicos y una visión del mundo que hoy levanta cejas con razón. Los orcos no olvidan, los haradrim tampoco; Internet no ha olvidado.
Pero precisamente por eso esta carta importa.
Aquí va algo que, si me lees, seguramente hayas y vayas a escuchar muy a menudo: el contexto, en este caso el histórico. Porque una cosa es escribir desde los marcos culturales de tu época, y otra muy distinta aceptar sin rechistar el lenguaje racial del poder. Cuando el nazismo le pregunta por su sangre, Tolkien no corre a demostrar su pureza ni pide perdón por existir. Hace lo contrario: señala el absurdo, desmonta el concepto de raza con filología.
Tolkien no es un héroe moderno, es algo más molesto; es un intelectual que, llegado el momento, entendió que cuando empiezas a pedir certificados de origen, la literatura ya no importa… y la humanidad tampoco. Y los intelectuales molestos son los únicos que sirven cuando todo se empieza a torcer.
Es como si un estado democrático te pidiera tu historial de Internet para dejarte entrar. Absurdo, ¿verdad?
Europa 2025: el remake que nadie pidió
Podría ponerme a hablar de otro remake en live action de Disney, cosa que tampoco pidió nadie, pero, afortunada o desgraciadamente, hoy no vengo a hablarte de eso.
Avancemos casi un siglo. Europa ya no usa brazaletes con la esvástica, pero ha perfeccionado el eufemismo (mira, ¡como Disney!). Ya no habla de sangre, habla de «raíces». Ya no habla de pureza, habla de «defender la identidad europea» Es el mismo disco, pero con portada nueva y producción de marketing político.
Los partidos ultras crecen (como los live action de Disney), los discursos se normalizan y la palabra «inmigrante» se pronuncia como si fuera un género criminal. El extranjero no es una persona, es un concepto, una amenaza abstracta, un comodín electoral, un villano de serie B al que culpar de alquileres imposibles, sueldos miserables y sistemas públicos desmantelados por quiénes jamás cogerán una patera.
Pero lo más inquietante no es que estos discursos existan, pues siempre han existido, sino que se digan ahora con voz tranquila, sin que se caiga la cara de vergüenza, con tertulianos asintiendo, con programas líderes de audiencia que los blanquean, con podcasts publicitados en los que soltar todo el odio que les cabe en el cuerpo, con votantes que los repiten sin levantar la ceja. Como si la historia fuera una saga que ya vimos y creemos recordar solo el final feliz. Como si la memoria histórica fuera una pantalla bonus en un videojuego AAA.
España: país mestizo buscando pureza en Amazon
España merece un capítulo porque lo nuestro ya roza la performance.
Aquí hablamos de «españoles de verdad» en un país que ha sido cruce de romanos, árabes, judíos, vikingos, íberos, tartesios, fenicios, africanos, franceses, portugueses y todo lo que se moviera con sandalia o barco. Pedir pureza en España es como exigir denominación de origen a un bocadillo mixto comprado a las tres de la mañana en una máquina expendedora de 24 horas.
Y aun así, se pide.
Se señala al inmigrante como si acabara de inventar la pobreza, se criminaliza al diferente mientras se defiende una identidad nacional tan vaga que cabe en una pulsera con bandera rojigualda. Se habla de «invasión» desde chalets con alarma. Se exige integración sin saber integrar ni una comunidad de vecinos.
Aquí también se pregunta por la Abstammung, solo que con acento local:
¿De dónde eres de verdad?
¿Tus padres?
¿Y antes?
No importa cuántos años lleves aquí, cuántos impuestos pagues o cuántas tortillas sepas hacer. Siempre hay una frontera invisible que se mueve un paso más allá. Y eso, cuando se normaliza, da miedete. Porque el siguiente pasa nunca se anuncia, simplemente ocurre.
El espejo incómodo de una carta de 1938
La carta de Tolkien no nos dice que él fuera mejor que nosotros. Nos dice algo peor, que sabemos perfectamente cómo empieza esto; que ya lo vimos, ya lo leímos; que incluso un señor británico con pipa, manías medievales y problemas serios con las frases cortas supo identificar el peligro antes de que el monstruo enseñara los dientes.
España no necesita nuevos Tolkien ni más citas cultas para parecer inteligente. Necesita entender el gesto. La negativa. El «no voy a jugar a este juego». Porque en cuanto aceptas responder a preguntas sobre sangre, origen o pureza, ya has perdido la discusión, aunque creas haberla ganado. Aquí sí se acaba la fiesta de verdad.
En 1938 alguien preguntó por la ascendencia de un escritor. En 2025 se pregunta por la legalidad de millones de personas (Spoiler: según el Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ningún ser humano puede ser ilegal). La distancia histórica es enorme. El mecanismo inquietantemente familiar.
Y quizás por eso conviene releer esa carta hoy, no como homenaje literario, sino como advertencia: cuando la identidad se convierte en obsesión política, la humanidad empieza a sobrar. Y entonces, como decía Tolkien entre líneas, el problema ya no es el apellido del otro. Es lo que estamos dispuestos a tolerar para sentirnos cómodos con el nuestro.
Porque cuando alguien vuelva a preguntar por apellidos, orígenes o purezas, ya no estaremos en 1938. Estaremos, simplemente, llegando tarde.

¿Notas semejanzas entre 1938 y 2025? ¿Crees que aprendimos la lección o vamos camino de cometer los mismos errores? Te leo en comentarios.
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Un comentario en “De si Tolkien era ario: xenofobia, identidad y el eco de 1938 en Europa”