Quienes vieron el futuro. Capítulo 1: Baba Vanga, la profetisa ciega que nunca escribió nada

En un mundo razonable, las profecías serían un género literario menor. En el nuestro, son titulares. Que, ojo, tengo que decir que son una herramienta buenísima para escribir historias, pero al final cansa ver al chaval de las cabañuelas como si fuera un científico paseándose por los diferentes periódicos.

A principios del siglo XX nació en los Balcanes una mujer que acabaría ciega y convertida en uno de los oráculos más citados de Internet. Se llamaba Baba Vanga. Y, según millones de artículos repetidos con entusiasmo místico, predijo desde guerra mundiales hasta el 11S, pasando por tsunamis, presidentes negros y el fin del mundo en 5097 (15097 HE).

Es un cifra curiosamente específica para alguien que no dejó nada escrito.

La tormenta que lo empezó todo

La leyenda comienza como deben empezar las leyendas: con una tormenta.

A los doce años, una ráfaga de viento (cuenta la tradición) la elevó por los aires y la arrojó lejos de su hogar. Fue hallada días después con los ojos cubiertos de arena. Perdió la vista. Y, como compensación narrativa casi obligatoria, ganó el futuro. Toma ahí.

A partir de ahí, empezó a «ver».

Durante la Segunda Guerra Mundial su fama creció. Campesinos, soldados y madres angustiadas acudían a su casa para preguntar por hijos desaparecidos o por la duración de la guerra. En la Bulgaria socialista incluso figuras del régimen, como el dirigente Todor Zhirkov, mostraron su interés por sus visiones.

Cuando un gobierno escucha a una vidente pueden ocurrir dos cosas: o la historia es más compleja de lo que parece, o la realidad es más frágil de lo que queremos admitir.

Las profecías que «acertó»

Se le atribuyen varias predicciones que, vistas desde hoy, parecen inquietantemente precisas.

El hundimiento del submarino ruso Kursk en el año 2000 es una de las más repetidas. Según testimonios recogidos antes de su muerte, dijo:

"Kursk será cubierto por el agua y el mundo llorará por él"

El detalle seduce. El problema es que Kursk también es una ciudad rusa. Y la ambigüedad es el mejor amigo de profetas y profetisas.

También se la asocia con la caída de las Torres Gemelas:

"Dos pájaros de acero chocarán contra los hermanos americanos"

La frase aparece citada en recopilaciones posteriores a su muerte, lo que no impide que cada aniversario del 11 de septiembre alguien la rescate como prueba de lo inevitable.

Y luego está la elección de Barack Obama, descrita como la llegada del «44º presidente negro». Una coincidencia que encaja demasiado bien para no ser repetida.

El patrón es constante: una frase amplia, simbólica, adaptable. Un acontecimiento posterior. Una conexión. Y, finalmente, la sensación reconfortante de que alguien ya lo sabía. Ahí también entra la necesidad humana de encontrarle un sentido a nuestra vida, y, claro, si el futuro ya está escrito, todo es mucho más fácil.

El pequeño problema de las fuentes

Aquí viene el detalle incómodo: Baba Vanga no escribió nada.

Sus palabras fueron recogidas por terceros. Vecinos. Visitantes. Secretarias. Periodistas. Y, más tarde, por compiladores que ya conocían los acontecimientos que supuestamente había predicho.

Eso no invalida automáticamente sus visiones, pero sí las sitúa en un territorio resbaladizo donde memoria, interpretación y necesidad colectivas se abrazan sin pedir permiso.

En estudios sobre profecía y sesgo retrospectivo se habla de un fenómenos muy humano: recordamos lo que encaja y olvidamos lo que falla. Si alguien lanza cien frases crípticas y tres parecen cumplirse, la leyenda está servida.

No necesitamos que acierte todo. Solo necesitamos que acierte algo.

Las profecías modernas o el catálogo del miedo moderno

A Vanga también se le atribuyen visiones sobre el deshielo polar, nuevas energías limpias, el dominio económico de China e incluso el fin del mundo en el año 5079.

Curiosamente, cuánto más nos alejamos en el tiempo, más detalladas se vuelven las fechas.

Es un fenómeno fascinante: la humanidad proyecta sus miedos tecnológicos, climáticos y geopolíticos en una mujer que murió en 1996. Ella se convierte en portavoz involuntaria de nuestras propias obsesiones.

No predice el futuro. Lo resume.

¿Entonces era un fraude?

Esa es la pregunta incorrecta.

La cuestión no es si Baba Vanga veía el futuro. La cuestión es por qué necesitamos que alguien lo vea por nosotros.

En épocas de guerra, crisis o incertidumbre, el futuro es insoportable porque es imprevisible. Un profeta lo domestica, lo convierte en narrativa, le pone forma.

Y nosotros respiramos.

Quizás Vanga tenía intuición política. Quizá captaba patrones sociales con una sensibilidad extraordinaria. Quizás simplemente vivía en un mundo convulso donde predecir conflictos era estadísticamente razonable. O quizás predecía de verdad.

Lo que es indiscutible es otra cosa, las profecías dicen menos sobre el mañana y mucho más sobre el presente.

De uso recurrente

Cada año algún medio rescata sus palabras para anunciar lo que «ocurrirá» en los próximos meses. Y cada año alguien comparte la noticia que mezcla fascinación y temor.

Tal vez esa sea su verdadera profecía cumplida; que, incluso en plena era de satélites, superordenadores e inteligencias artificiales, seguimos buscando a alguien que nos traduzca el caos.

Y con los ojos cerrados.

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Porque el futuro no está escrito. Pero el próximo artículo sí.

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Publicado por Álex Calvet

Escribo, leo y a veces me lo creo. Descubrí el rol y los cómics a los 30, pero nunca es tarde si la frikada es buena.

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