Nota del editor
Hace unos ochos años era suscriptor a la revista Muy historia, cuando las cosas no costaban un pedazo de algún órgano. En una de esas lecturas leí sobre los soldados useños que eran capturados, y me puse a imaginar cómo sobreviviría un soldado en esa situación, en qué pensaría, en quién pensaría; y así nació este relato breve pero cruel, porque no creo que ninguna de esas vidas se pueda considerar feliz, porque los caprichos de las élites acabaron (y acaban) con vidas, familias, incluso con esa generación.
Philip consiguió que sus captores le facilitaran una libreta raída y lo que alguna vez tuvo que ser un lápiz. Con ello conseguía que se le pasarán más rápido los días, escribiendo a Helen.
Ella era lo que más le importaba, lo único que le hacía soportar los casi cinco años (o eso era lo que le habían dicho) que llevaba perdido en esa selva vietnamita, comiendo restos de comida tan solo tres veces a la semana, revolcándose en sus propios flujos corporales… Pero Helen le hacía seguir recordando las cosas buenas, soñando con viajar atrás en el tiempo, seis años antes, a 1953, cuando él esperaba dentro de la iglesia a que Helen entrara con ese precioso traje blanco que le hacía parecer recién caída del cielo.
Pero eso quedaba tan sumamente lejos… tanto como las más de mil cartas que le había escrito.
Pero la mañana del 30 de julio de 1959 (o eso le dijeron) su vida volvió a cambiar radicalmente; esa mañana entraron seis miembros del ejército estadounidense, después de un largo tiempo de tiroteos, en su zulo, lo agarraron por los brazos y lo metieron a trompicones dentro de un 4×4.
Lo primero que hizo Philip fue escribirle una carta a Helen, pero esta vez fue para enviársela de verdad, no para olvidarse del zulo que se había convertido en su hogar durante tanto tiempo.
Pasaron las semanas, e incluso algún que otro mes, y Philip las pasó entre psicólogos y viajes, tan solo pendiente de comprobar si había recibido correspondencia.
Ese día llegó. La esperada carta de Helen. El corazón no le cabía en el pecho, cinco años sin saber de su amada esposa eran demasiados. «Para Philip Jones» ponía en la carta. La abrió. Esa preciosa letra…
Querido Philip,
No puede haber noticia más feliz que la que me has hecho llegar desde Vietnam.
He conocido a un hombre maravilloso con el que quiero casarme.
Necesito que me firmes los papeles del divorcio lo antes posible.
Muchas gracias
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