Anatomía del odio. Parte 2: Active Clubs, el fascismo estilo crossfit

Nota del editor

Cuando la actualidad te atropella es difícil darle la espalda. Porque aunque ignores lo que pasa a tu alrededor, sigue ocurriendo. Y esto ocurre a mi alrededor, pero también del tuyo.

Si esperabas que el nuevo fascismo llegara con desfiles, uniformes y discursos de balcón, te has quedado viviendo en el siglo XX. El extremismo de hoy ha entendido que la estética militar pasada de moda no vende, y que la política clásica huele a naftalina.

Ahora el fascista se te cuela en unas mallas de Decathlon y con una botella de acero inoxidable. Muy eco-friendly todo.

Y así nacen los Active Clubs, la versión crossfit del odio organizado.

Qué es exactamente un Active Club

Imagínate un grupo de entrenamiento, pero sin cuotas, sin fotos públicas, sin logos visibles y sin profesor de zumba diciéndote que sonrías. Porque aquí nadie sonríe, sería poco viril. Esto es un deporte, pero con subtexto; cardio, pero con supremacía blanca de fondo.

Aquí todo es disciplinado, físico y tribal. Se reúnen para entrenar y, detalle importante, para entrenar juntos. Porque cuando sudas con otros, algo se crea; y ellos lo saben.

Si aún tienes la duda de para qué nacen los Active Clubs, no, no nacen para hacer deporte; nacen para formar células comunitarias, pequeñas, invisibles, comprometidas.

Los miembros forman vínculos cerrados, sin líderes visibles, sin estructura jerárquica. Por ello, a efectos prácticos, no puedes «detener» un Active Club, porque no puedes desmantelarlo como organización tradicional; son nodos repartidos, interconectados y reemplazables.

Es un fascismo modular importado de Estados Unidos (conocidos como los creadores de, entre otras crueldades históricas, las «fallas humanas» de mano del Ku Klux Clan), pero adaptado en una Europa ya acostumbrada a montarse sus propios muebles (y mierdas) al más puro estilo Ikea.

La estética del músculo como ideología

En sus redes internas (Telegram, sobre todo) el mensaje es simple: No somos un partido; somos un estilo de vida; somos el futuro. Aceleracionismo con bíceps.

Los chavales llegan desde la manosfera con la autoestima tocada y la identidad deshilachada. Aquí encuentran hermandad, rutina, propósito… y el plus motivacional de que «aquí no te juzgamos», salvo que seas mujer, trans, migrante, o no puedas hacer diez dominadas. Entonces sí, te juzgan un poquito.

En resumen, no llevan símbolos, no hacen manifestaciones, no tienen líderes visibles. Son como discípulos de Voldemort, pero sin presupuesto para CGI.

Además usan el deporte como excusa para cohesionar las políticas extremas. Solo hace falta eso, que me den motivos para no hacer deporte a estas alturas.

Política sin política

Aquí es donde la cosa se vuelve peligrosa de verdad, porque los Active Clubs no buscan presentarse a elecciones, no buscan ganar votos y no creen en la democracia, ni en sus tiempos ni en sus formas.

Creen en la acción, en «hacer algo» antes de que «los otros» destruyan «lo nuestro». Y ese «algo» puede ser entrenamiento, propaganda o violencia simbólica. Pero el salto a la violencia física nunca está tan lejos como parece.

Hablamos, pues, de un extremismo que ya ni siquiera pretende gobernar, lo que pretende es acelerar la caída. Si el sistema se derrumba es su oportunidad.

Y, mientras tanto, siguen siendo invisibles, sin llamar la atención de las autoridades, operando en microcomunidades. Tan solo son chicos entrenando en un parque al amanecer. Nada sospechoso, ¿verdad? Hasta que lo es.

La mutación del fascismo

El paralelismo con los movimientos fascistas del siglo XX es inevitable, pero hay una diferencia enorme: los fascistas de entonces querían ser vistos; querían marchas, símbolos, grandes narrativas, himnos, masas. Los de hoy entienden que la visibilidad es una condena, por lo que prefieren canal de Telegram y fotos cortando leña; un Hitler sin bigote pero con plan de entrenamiento de influencers.

El líder ya no es un político carismático, lo es el grupo, la rutina, la identidad colectiva.

Es un fascismo sin fuhrer, un extremismo sin doctrina, un odio sin uniformes.

Un avance tecnológico, sinceramente.

La amenaza ya no se organiza alrededor de siglas como VOX, AfD o los Proud Boys. La amenaza es ideológica, fluida y sin rostro.

El aceleracionismo es simple: el sistema es irrecuperable, así que lo mejor es empujarlo a colapsar cuanto antes.

¿Consecuencias? Todas las que imaginas. Y peores.

Esto no es política, es nihilismo narcisista con estética de gimnasio.

Como echar gasolina al fuego

Y mientras esta nueva extrema derecha se entrena y se cohesiona, el mundo se incendia a su alrededor… y lo utiliza como combustible.

Pero de eso hablaremos en la siguiente Parte, donde vamos a entrar en el último círculo del infierno contemporáneo, y veremos cómo los conflictos globales alimentan esta radicalización acelerada, emocional y transversal.

Porque el fanático de hoy no nace solo en España. Nace en un mundo que está ardiendo.

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Publicado por Álex Calvet

Escribo, leo y a veces me lo creo. Descubrí el rol y los cómics a los 30, pero nunca es tarde si la frikada es buena.

2 comentarios sobre “Anatomía del odio. Parte 2: Active Clubs, el fascismo estilo crossfit

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