Nota del editor
Esta es la primera de dos partes de esta serie sobre la rivalidad y, por qué no decirlo, animadversión entre España y Francia, tema solicitado por un lector y seguidor.
Después de que la serie sobre Lo de Israel y Palestina generara, mínimo, dos conversaciones, un seguidor y lector me comentó que estaría bien escribir sobre el odio que se le tiene, generalmente, a todo lo francés desde España. Le respondí que suponía que venía de lejos, desde la invasión napoleónica y la posterior Guerra de independencia; pero me puse a investigar y me han salido dos partes la mar de entretenidas. Vale, el seguidor y lector también es mi primo, pero también cuenta aunque sea familia.
La creencia de que esta animadversión comenzó con Napoleón no es del todo cierto, pues lo de España y Francia es más bien un matrimonio mal avenido con siglos de discusiones, puñaladas políticas, complejos mutuos y una frontera que siempre ha funcionado como un diván compartido donde nadie quiere pagar la terapia.
Desde el principio Francia estuvo ahí, al norte, como ese vecino molesto que vive encima, arrastra muebles a las tres de la mañana y luego pregunta si «hacíamos ruido nosotros». Y España, al sur, cada vez más convencida de que el problema eran ellos, no nosotros.
Pirineos, ese vecindario conflictivo (siglos XIII-XV)
Mucho antes de que Napoleón naciera, Francia ya tenía la costumbre de «asomarse» por los Pirineos como quien cotillea por la mirilla. Rosellón, Cerdaña, Navarra, Aragón… todos territorios donde las fronteras cambiaban más que las versiones de Carlos Mazón.
Los cronistas aragoneses ya hablaban de los franceses con una mezcla de recelo y sorna. Las Crónicas de San Juan de la Peña menciona varias veces a «los del otro lado de las nieves» expresión poética y descriptiva para referirse a «los del otro lado del muro».
La desconfianza tenía fondo: Francia presionaba, tanteaba y conspiraba. España respondía con alianzas, matrimonios y un «déjame en paz» diplomático que nunca funcionó del todo. Más que nada porque en la península Ibérica tampoco es que hubiera mucha unión.
Los Austrias vs. Francia: cuando ellos intrigan y tú pagas la factura (siglos XVI-XVII)
Llegan Los Austrias y, con ellos, un nuevo formato de rivalidad: España intenta gobernar medio planeta… y Francia intenta impedirlo. Todo. El. Rato.
Mientras España enviaba tercios, fundaba ciudades y escribía el Lazarillo, Francia hacía lo que mejor sabe (sin desmerecer a Gran Bretaña y a los useños): meterse en todos los charcos ajenos con el entusiasmo de un niño hiperactivo.
El cardenal Richelieu llegó a decir que Francia debía «reducir la grandeza de España», y vaya que si se aplicó el tipo. Bueno, en realidad no hay certeza de que dijera esa frase, pero sí tuvo entre sus principales objetivos políticos y estratégicos debilitar el poderío y la influencia de España en Europa.
La cosa fue empeorando hasta que llegó 1659, Tratado de los Pirineos, y España cedió territorios. Pero el golpe auténtico fue Rocroi (1643), donde los tercios, casi imbatibles, cayeron ante franceses mandados por un chaval de 22 años. Para el imaginario español fue como perder una final de Champions por goleada. Pido perdón por la referencia futbolística, prometo esforzarme más.
Mil veces he tenido tentación de pedir a las parteras de cuál suerte salen del vientre de su madre los franceses, porque según la contrariedad que veo entre ellos y los españoles tengo por imposible que nazcan todos de una mesma manera
Francisco de Quevedo
Rivalidad cultural antes de que estuviera de moda odiarlos
Antes de la invasión napoleónica ya existía el término «afrancesado», y no era un elogio. Era básicamente llamar a alguien pijo, pretencioso y enamorado de cualquier cosa que sonara a París.
En el siglo XVII un español veía a un francés y veía postureo. Hoy le llamamos influencer, pero la esencia no ha cambiado tanto. ¿Sería una venganza justa enviarles a las Pombo? Pregunto.
Mientras en España se presumía de sobriedad, en Francia se presumía de presumir. Las cortes francesas estaban llenas de maquillaje, pelucas y encajes. Y desde España aquello se veía como una performance innecesaria. Aunque me gustaría saber de primera mano lo que pensaría el panadero de un pueblo del interior de España sobre las maneras de la corte francesa; o si tan siquiera sabría de su existencia.
No es casual que existiera ya entonces la palabra gabacho, aplicada al francés pedante. La RAE del siglo XVIII la definía como «hombre rústico y desmañado, natural de las montañas de Francia»; vamos, lo que hoy sería decir «tontolaba con acento raro».
Dos siglos de pullas, guerras, complejos y literatura
Este intercambio constante de hostias diplomáticas se filtró en todos lados:
- En los romances populares los franceses solían ser los rivales, los traidores o los pesados del norte.
- En el teatro barroco nunca falta un francés presumido que acaba humillado.
- En los dichos, «hacer el gabacho» llegó a significar comportarse como un torpe engreído.
Y no olvidemos la literatura francesa devolviendo el golpe, con Voltaire o Diderot no perdiendo ocasión para pintar a España como un país atrasado, supersticioso y violento. Una especie de capítulo largo (muy largo) de La que se avecina, pero sin risas.
Esa mutua caricatura creó una rivalidad que ya no dependía de batallas, había entrado en el ADN cultural.
La costumbre es más fuerte que la historia
Y aquí está el punto clave, cuando algo se repite durante siglos deja de ser enemigo histórico para convertirse en enemigo por costumbre.
Pasó con los ingleses, los moros… y con los franceses, pero estos eran vecinos de portal. Si hubiese habido WhatsApp en el siglo XV habría bloques enteros dedicados a bloquear a Francia.
Ahora bien, ¿ha cambiado algo hoy?
Pues digamos que España disfruta mucho ganándole a Francia en fútbol, baloncesto, ciclismo, lo que sea. Y Francia lo lleva regular. La prueba es que cada vez que España encadena éxitos deportivos, el sonido que llega del norte recuerda vagamente a un gruñido de resignación.
Como decía un diplomático español allá por el siglo XVIII, «Francia nos teme, pero no sabe vivir sin medir fuerzas con nosotros».
Y quizás ahí está la explicación: esta rivalidad es una coreografía vieja, conocida y cómoda. Somos vecinos. Somos distintos. Nos damos rabia. Nos necesitamos. Y, sobre todo, nos encanta ganarnos. Somos dos onvres de 40-50 años midiéndonos los penes desde un descapotable.
Pero de esto hablaremos tú y yo en la segunda parte que te tengo preparada para la semana que viene.
¿Y tú qué eres de croissant o de pan tomaca para desayunar?
Si te gustan estas series pero la timidez te puede para decirlo a la cara, que sepas que hay una manera anónima de decirlo, como es pagando un cafelito, un buñuelo de queso y, solo por hoy, un croissant de mantequilla.
Descubre más desde No matamos al gato
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

