Nota del editor
Quizás notes alguna diferencia en la manera de expresarme en esta tercera y última parte, y es la explicación al por qué es la última parte.
Escribir es, para mí, vida, y con esta serie he conseguido que se me carguen los hombros al leer, al investigar y al escribir. Pero si consigo que alguien, aunque sea una persona, se pare a recapacitar sobre lo que está ocurriendo a su alrededor, habrá valido la pena el dolor.
Hay una idea cómoda que conviene desmontar cuanto antes: la radicalización juvenil no nace solo de YouTube, ni de la manosfera, ni de los gimnasios con estética paramilitar. Eso es el medio, pero no la causa.
La causa es mucho más amplia, más incómoda y mucho menos local.
El mundo que hemos construido es un lugar cada vez más hostil para hacernos adultos sin cinismo, sin odio o sin una necesidad urgente de certezas absolutas. Necesitamos saber quién es el culpable de lo malo que nos ocurre.
Y cuando el mundo se percibe como un incendio permanente, siempre habrá quién elija bando en lugar de buscar un extintor.
El horror retransmitido en directo
Nunca antes una generación había crecido viendo guerras en tiempo real, con el móvil en la mano y el algoritmo decidiendo cuántos cadáveres vas a ver hoy, cuáles vas a ver y cuáles no.
Palestina no es solo un conflicto lejano, es un shock moral constante. Imágenes de niños muertos, ciudades arrasadas, hospitales bombardeados. Y, al mismo tiempo, políticos y gobiernos del mal llamado Occidente defendiendo lo indefendible con el lenguaje aséptico de los comunicados oficiales.
Para un joven sin suelo firme esto no se procesa, se polariza.
Aquí ocurre algo clave, el horror no genera opinión crítica por sí solo; genera rabia, identidad y deseo de pertenencia. Y la radicalización ofrece justo eso, y además en versión simplificada: un culpable claro, un relato cerrado, un «nosotros» contra «ellos».
La complejidad no recluta, la indignación sí.
La guerra como combustible ideológico
Los extremismos, todos, se alimentan de conflictos así. No para solventarlos, sino para usarlos.
La extrema derecha instrumentaliza Gaza para justificar la islamofobia, el supremacismo y las teorías conspirativas. Otros extremos hacen los mismo desde el otro lado, convirtiendo sufrimiento real en munición simbólica.
En medio una juventud que no confía en los medios, no confía en los gobiernos y no confía en el futuro.
Y cuando no confías en el futuro, cualquier discurso que parezca firme suena como una verdad absoluta.
Una Europa cansada, unos Estados Unidos fracturados
Europa vive una fatiga histórica, encadenando crisis económicas, con una precariedad laboral y un miedo al descenso social que alimenta el aumento de discursos políticos huecos.
Estados Unidos vive directamente una guerra cultural permanente, retransmitida como si fuera mero entretenimiento. Y ya sabemos que los useños son el espejo sucio en el que se miran a ambos lados del Atlántico.
En ambos casos, la democracia aparece ante muchos jóvenes como un sistema lento, hipócrita e incapaz de responder al dolor real. ¿Y quién puede culparlos?
Es aquí, entonces, donde entra el aceleracionismo, como una tentación provocadora que te dice «Si está todo podrido, será mejor que se caiga cuanto antes».
Es cuando la brújula desaparece, pues no hay proyecto, no hay alternativa real, tan solo la fantasía infantil del colapso como limpieza moral.
Es nihilismo con épica, y eso siempre vende.
Rima, pero asonante
El extremismo del siglo XX quería gobernar, pero el del siglo XXI quiere romper.
No necesita líderes carismáticos ni masas organizadas. Le basta con individuos conectados, convencidos y emocionalmente cargados. Aquí es dónde este extremismo se nos escapa de nuestros estándares conservadores: antes los individuos actuaban detrás de unas siglas; hoy la facción del traje (Vox, AfD, Le Pen, Meloni, etc.) ha alimentado a sus jóvenes criaturas, pero estas se han radicalizado más fuerte y más rápido de lo que ellos pueden gestionar, lo que ha provocado la ruptura (incluso pública, como puedes leer en las noticias de las últimas 2-3 semanas) de los extremistas con sus «cachorros» alimentados en el odio y ahora soltados sin control, tan solo con su discurso de «Hombre blanco cabreado».
El próximo brote de violencia no vendrá, probablemente, con siglas ni comunicados. Vendrá en forma de acciones aisladas, ataques simbólicos, sabotajes y agresiones «espontáneas».
Y cuando eso ocurre, siempre escuchamos la misma frase tranquilizadora: «Es un lobo solitario». Pero es mentira, nunca lo son; son productos de un ecosistema.
El verdadero fracaso
Esto no es solo el problema de jóvenes radicalizados, es el síntoma de algo más profundo. Una sociedad que no ofrece relatos compartidos, ni futuro creíble, ni espacios de pertenencia que no estén basados en el odio.
Porque cuando el único discurso que suena fuerte es el del músculo, la pureza y el enemigo, algo ha fallado. Pero no ha fallado en el chaval de 20 años, ha fallado en el mundo que les hemos dejado.
¿Estamos a tiempo?
Aunque a veces lo parezca, no, no está todo perdido; aunque a veces convenga decirlo para sentirnos lúcidos, cansados y, por qué no decirlo, un poco superiores.
La ultraderechización de una parte de la juventud no es un virus espontáneo ni una tara genética que haya despertado de pronto en los gimnasios ni en los foros de Telegram. Tampoco es un problema de «chicos malos» que no han leído a los autores adecuados. Es algo bastante incómodo, una respuesta deformada a un mundo que no ofrece demasiadas respuestas decentes.
Y aquí viene la parte menos heroica del relato: humillar no convence. Nunca lo ha hecho. Llamar «incel», «facha» o «subnormal» a alguien puede producir satisfacción inmediata, casi terapéutica, pero no cambia absolutamente nada. Bueno, sí; confirma al otro que tenía razón en desconfiar de todos.
Si queremos discutir la hegemonía cultural, no podemos seguir jugando a fabricar monstruos y luego asustarnos de que muerdan. No podemos alarmarnos de la radicalización juvenil mientras renunciamos, muy dignamente, a hablar con los jóvenes. Ni denunciar la manosfera mientras seguimos permitiendo que YouTube, TikTok y Twitch hagan de ministerio de educación emocional. No seamos como aquel que el domingo va a misa y el lunes aplasta los derechos laborales de sus trabajadores.
La extrema derecha ha entendido algo básico que los demás parecen haber olvidado: el miedo moviliza, pero el sentido de pertenencia fideliza. Ellos ofrecen certezas simples, enemigos claros y una identidad empaquetada al vacío. Nosotros, en cambio, solemos ofrecerles artículos larguísimos (ejem), culpa difusa y una superioridad moral que no paga el alquiler.
Queda poco tiempo, sí; pero todavía queda margen. Margen para explicar sin infantilizar; margen para confrontar sin humillar; margen para hablar de frustración, precariedad, soledad y miedo sin regalar esas palabras al primer salvapatrias con micrófono y bandera.
Porque si la respuesta a la radicalización es más miedo, más caricatura y más desprecio ilustrado, no estaremos combatiendo el problema, estaremos alimentándolo, pero con un vocabulario más elegante.
Quizás lo más peligroso no sea que una parte de la juventud abrace discursos autoritarios, sino que el resto renuncie a entender el porqué lo hacen, convencido de que comprender es lo mismo que justificar.
Ese sería el verdadero triunfo del aceleracionismo. No ganar, sino lograr que dejemos de hablar entre nosotros.
Ahí ya no habría algoritmo al que culpar.
Podría haber acabado este texto magnificando el futuro adverso que nos espera, y créeme que tampoco hubiera sido difícil. Sin embargo he decidido terminar con un pequeño margen de esperanza. Llámame iluso si quieres, quizás hasta tengas razón y lo sea.
Si te gustan estas investigaciones y estas series, ya sabes que puedes ayudarme de muchas maneras: compartiendo, hablando de lo que hago, o con una pequeña ayuda para el fisio que me quite la contractura que me ha provocado escribir esta serie. Si lo haces todo, pues te estaré muy agradecido.
Recuerda que también tengo un grupo de difusión en Telegram, y prometo huir del nihilismo en él. Palabra de escritor.
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