Nota del editor
Este relato fue publicado originalmente en Qrioseando voy, allá por los días en que todavía me sorprendía descubrir hasta dónde podían llevarme mis propias historias. Hoy regresa, revisado y con un poco más de niebla, para formar parte de Criaturas propias.
Porque hay textos que no envejecen: solo esperan su turno en la oscuridad.
Ricardo odiaba el turno de noche. Sí, no es que no le gustara, es que odiaba pasear de noche por ese tétrico sótano, y es justo dónde le tocaba estar esa misma noche.
Tan solo le quedaban ya 8 horas del turno de 12, por lo que se sentó un momento en la sala de estar de los quirófanos del sótano. Desde allí podía ver perfectamente el pasillo transparente que unía el bloque dónde estaba él con el edificio principal. Y de repente se abrieron las puertas con sensor de movimiento del pasillo transparente. Ricardo no podía ver a nadie, así que se levantó:
— Malditos gatos, ya se ha colado alguno. — Pensó mientras caminaba hacia el pasillo.
Pero allí no encontró ningún gato, de hecho no vio nada. Pero notó un movimiento por detrás y al darse la vuelta una sombra oscura giraba la esquina y se perdía de vista.
— ¡Hola! Lo siento, aquí no puede estar.
Dobló la esquina pero allí no había nadie. Siguió el pasillo hasta llegar al sótano del edificio principal. Allí se acababa la zona nueva y comenzaba la parte desastrosa del hospital, con techos altos y paredes llenas de tubos y tuberías. Parecía preparada para una película de terror.
Siguió hacia el sótano del pabellón B, y fue en ese momento cuando oyó ruido dentro de la cocina. La cocina, como siempre a esas horas, estaba cerrada. Comprobó la puerta y estaba cerrada.
— ¿Hola? ¿Paco? ¡No tiene ni puta gracia!
Justo en ese momento se sintió empujado violentamente contra la pared. Se levantó dolorido… siguió sin ver a nadie. En ese momento volvió a ver una sombra doblando la esquina hacia los ascensores principales del pabellón.
Estaba realmente nervioso, eso no podía negarlo. Intentó mantener la calma, cogió el walkie talkie… ¿no funcionaba? Era muy raro.
Cuando llegó a la zona de los ascensores, giró la vista hacia el largo pasillo que unía el pabellón B con el A, y se sorprendió al ver una sombra oscura a mitad del pasillo moviéndose rápidamente en dirección contraria a él.
Ricardo se quedó quieto unos segundos, dando vueltas dentro de su cabeza a lo que acababa de ver. Pensó que había dormido muy poco antes de ir a trabajar.
Caminó con cautela por el largo pasillo… pero ni vio ni escuchó nada. Llegó hasta los ascensores del pabellón A, y siguió sin ver ni escuchar nada.
Un frío le recorrió la espina dorsal. Se paró, miró a su alrededor y, sin saber como, se plantó en mitad de la puerta del depósito del hospital. Allí, al final de 200 metros de pasillo, justo en el extremo contrario de dónde se encontraba él, lo vio. Era una silueta parada al final del pasillo.
— Buenas noches. —Dijo mientras avanzaba con la mano en la porra— No puede estar aquí, venga conmigo y le enseño la salida.
Siguió avanzando por el larguísimo pasillo, sin perder de vista a la silueta. No podía verle la cara aún. Parecía tapado con una capucha.
Estaba ya casi encima de aquella silueta… y seguía sin poder verle la cara. Notó como una gota le caía en la cara, cerró los ojos lo que dura un pestañeo para quitarse la gota, y allí ya no había nadie. La silueta se había esfumado.
¿Qué pasaba? Se dio la vuelta hacia el extremo del pasillo de dónde había venido y algo le agarró del pie, tiró de él hasta tirarlo al suelo mientras intentaba agarrarse a cualquier sitio sin éxito. Intentaba gritar, pero de su garganta no salía ningún sonido.
Lo último que vio fue oscuridad mientras sentía cada vez más presión en su tobillo.
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El vuelo termina aquí, pero la sombra sigue moviéndose.
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Un comentario en “Turno de noche: relato corto de terror en un hospital”