Nota del editor
Todavía recuerdo cuando escribí este relato, hace casi 8 años. Estaba leyendo una revista de Muy Historia con temática de la Segunda Guerra Mundial. En uno de los artículos, no recuerdo si más o menos largo, hablaban de los pilotos kamikazes japoneses; esto kamikazes tenían una adoración extrema por su Emperador, y la retirada no era una opción, por significar una ofensa no solo para él, sino para toda su familia; de hecho para ellos, en su final, tenían reservado un lugar en el santuario Yasukuni, dónde van a parar los espíritus de los caídos en batalla.
Así que me pregunté qué sería lo que pasaría por la cabeza de un piloto kamikaze japonés antes de estrellar su avión contra una nave useña. Y me quedó este texto cortito.
Aún tengo el regusto en la boca del último trago de sake antes de despegar. ¿Será este el último sabor antes de morir?
En estos momentos, a tantos metros del suelo, me cuesta recordar la cara de padre o de mi hermana Annaisha. Sin embargo, es curioso, tal y como decía el manual, tengo en la cabeza la imagen nítida del rostro de mi madre.
Madre, ¿de verdad esta muerte es indispensable? Estoy ya acercándome a la base estadounidense, y todavía tengo dudas. El no volver a contemplar la belleza de mi Japón natal me rompe el corazón. ¿Será una debilidad por mi parte?
Vuelve a mi cerebro el sabor del último trago de sake. «Nos vemos en Yasukuni». Esas han sido mis últimas palabras. Es lo único que me reconforta, el saber que dentro de poco seré un eirei, y vosotros podréis estar orgullosos de vuestro hijo. No puedo permitir que vosotros sufráis la misma vergüenza que la familia Himura cuando Susumu huyó de su deber. Vosotros no pasaréis por eso, yo voy a cumplir mi deber, voy a llegar a Yasukuni y voy a tener el mayor privilegio que puede tener un súbdito del Emperador. Seré un eirei, madre, puedes estar orgullosa de tu hijo.
Estoy ya cerca de mi objetivo, el portaaviones es enorme. Tengo que concentrarme para acertar en mi objetivo. Vuelo a toda velocidad cayendo en picado. No cierres los ojos, Yukio. No cierres los ojos. Madre… te veo. No derramas ni una lágrima. Espero que estés orgullosa de mí. Estoy nervioso. Acabo de orinarme encima.
¡¡Yasukuni allá voy!! ¡¡¡No fallaré!!!
Nota histórica
El santuario Yasukuni, en Tokio, honra a los caídos en combate por Japón, incluidos soldados de la Segunda Guerra Mundial. Para los pilotos kamikaze, morir en acto de servicio garantizaba su entrada como eirei (espíritus heroicos).
¿Crees que estos pilotos eran héroes o víctimas del sistema? Te leo en comentarios
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