Nota del editor
Esta es la tercera parte de una serie de cuatro. Sigo intentando mantener la posición no partidista de esta serie, pero esta vez se ha hecho más complicado. Te pido disculpas.
Cuando terminó la guerra de 1948, la calma que siguió no fue paz, sino silencio. Un silencio incómodo, lleno de fronteras recién dibujadas y de pueblos que se miraban sin reconocerse.
Pregunta fuera del tema
¿Alguien más ve demasiadas coincidencias con la ocupación colonialista de África?
Israel había nacido. Apoyado desde sus inicios por Estados Unidos, Israel encontró en este aliado estratégico un respaldo político y militar clave, que influiría poderosamente en el desarrollo del conflicto.
Palestina, en cambio, había sido borrada del mapa, pero su existencia siguió siendo un estorbo para quienes soñaban con un Israel sin árabes.
Sin embargo Palestina no desapareció del todo, al menos no del corazón de su gente.
Una tierra dividida por líneas y muros
En 1967 una guerra volvió a cambiarlo todo. Israel, en apenas seis días, en un «ataque preventivo» según ellos, derrotó a Egipto, Siria y Jordania, ocupando Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este, el Sinaí y los Altos del Golán.
Las banderas cambiaron, los mapas se redibujaron, y el mundo miró con asombro a un país diminuto que se había convertido en potencia militar.
Pero bajo esa victoria se extendía una sombra: millones de palestinos pasaban a vivir bajo ocupación.
Sus aldeas quedaron rodeadas de puestos de control.
Sus carreteras, de colonias israelíes.
Y su horizonte, de muros de hormigón.
El grito de los que no tienen voz
Durante años los palestinos esperaron que el mundo los escuchara. Pero las resoluciones de la ONU se acumulaban sin cumplirse.
Hasta que, en 1987, la rabia estalló en las calles: piedras contra tanques, manos vacías frente a fusiles.
Era la Primera Intifada, el «levantamiento».

Una generación entera decidió que no podía vivir eternamente en silencio.
Las imágenes dieron la vuelta al mundo: niños corriendo entre el humo, soldados disparando fuego real, madres llorando sobre el asfalto.
No era una guerra entre ejércitos, sino entre una potencia ocupante y un pueblo que pedía existir.
La promesa que se rompió
En los 90 el mundo quiso creer que la paz era posible. Los Acuerdos de Oslo prometían un Estado palestino.
Yasser Arafat y Yitzhak Rabin se dieron la mano en los jardines de la Casa Blanca useña. Nació la Autoridad Nacional Palestina y se habló de «dos Estados para dos pueblos».
Pero mientras se firmaban los acuerdos, en el terreno seguían creciendo los asentamientos israelíes.
La esperanza fue marchitándose. Rabin fue asesinado por un extremista judío, y con él murió también buena parte del sueño.
El nuevo siglo: muros, misiles y desengaño
En el año 2000 llegó la Segunda Intifada: atentados suicidas en Israel, bombardeos en Gaza, sangre y ruinas. Israel levantó el Muro de separación que aún divide Cisjordania.

Cada piedra del muro es una historia interrumpida, una familia partida, una promesa olvidada.
Hoy, los nietos de quienes vivieron la Nakba crecen entre drones, alambradas y bombardeos como rutina.
Los mismos nombres —Jerusalén, Gaza, Hebrón— siguen siendo titulares de guerra.
En la próxima parte hablaremos del presente, de los que ocurre hoy: del 7 de octubre, del asedio de Gaza, del genocidio que muchos niegan pero millones ven en directo.
Porque el mundo entero dice «nunca más», mientras mira hacia otro lado una vez más.
Si has llegado hasta aquí, gracias por seguir esta serie con mente abierta.
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