Nota del editor
La historia del Sáhara Occidental es algo que siempre me ha tocado muy de cerca. Es una historia de traición institucional, de promesas incumplidas, de los de siempre dirigiendo la vida de quiénes no lo han pedido.
España no descubrió el Sáhara Occidental.
No lo exploró con espíritu científico.
No lo «civilizó».
Llegó tarde, señaló un trozo de mapa vacío para Europa y dijo «esto mismo».
Corría el año 1884 (11884 HE) y las potencias europeas se repartían África en la Conferencia de Berlín como quien reparte un pastel ajeno. Francia cogió lo gordo. Reino Unido lo estratégico. Bélgica lo sangriento. Y España, fiel a su tradición imperial en decadencia, eligió un desierto.
Un desierto habitado, claro. Pero eso nunca ha sido un problema serio para el colonialismo. Porque esto, te guste o no, fue colonialismo.
El mito del territorio vacío
Uno de los mantras que todavía hoy se repite (malditas tertulias políticas amarillistas) es que el Sáhara era poco menos que una extensión de arena sin dueño.
FALSO.
Y no falso «según activistas» o los fremen, sino falso según el derecho internacional.
El pueblo saharaui existía antes de que España apareciera con mapas recién impresos; con organización tribal, con control del territorio, con estructuras sociales y políticas propias, con relaciones comerciales y culturales en toda la región.
Pero, insisto, no lo digo yo. La Corte Internacional de Justicia lo dejaría claro décadas después del «reparto»: el Sáhara Occidental no era terra nullius. No estaba vacío. Estaba, simplemente, fuera del radar europeo.
Pero España hizo lo que se hacía entonces, firmar tratados con potencias europeas, no con la población local. Mucho más cómodo, qué duda cabe.
Colonialismo de perfil bajo o cómo no hacerse cargo de nada
Durante décadas, la presencia española en el Sáhara fue testimonial, perezosa y barata. Administración mínima. Inversión mínima. Interés político mínimo.
No hubo proyecto real de integración ni de desarrollo. El Sáhara fue, sobre todo, una línea más en el inventario colonial, útil para mantener la ficción de que España seguía siendo algo en el tablero internacional.
Eso sí: bandera, gobernador y sellos oficiales. Colonialismo de escaparate.
Y aún así (aguanta, que viene detalle importante) España era la potencia administradora. No «pasaba por allí». No «miraba desde lejos». Administraba el territorio y, por tanto, era responsable de su población.
Esto no es ideología. Es derecho internacional.
Y aquí empieza el problema.
Cuando la ONU empieza a hacer preguntas incómodas
Tras la Segunda Guerra Mundial el mundo cambia de tono. La ONU empieza a hablar de autodeterminación. De descolonización. De pueblos que deciden su futuro. Vaya panda de progres estos de la ONU (nótese la ironía).
España escucha. Asiente. Y mira al techo.
En 1958 el Sáhara deja de ser «colonia» y pasa a llamarse «provincia española». Un cambio semántico elegante, como llamar «reorganización» a un despido.
El mensaje implícito era claro: si es provincia, no hay que descolonizarla.
El problema es que la ONU no se tragó el truco.
Para Naciones Unidas el Sáhara seguía siendo un territorio no autónomo pendiente de descolonización. España podía cambiar el nombre en sus documentos internos, pero no podía cambiar la realidad jurídica internacional con corrector administrativo.
La gran contradicción española
Aquí conviene subrayarlo con rabia, pero también con precisión:
España no fue una espectadora ingenua. España sabía perfectamente cuáles eran sus obligaciones. Y durante años eligió no cumplirlas, esperando que el problema se disolviera solo, como tantas otras incómodas de su historia.
El Sáhara no era una prioridad. La población saharaui menos aún. Y el futuro… pues ya se vería.
Spoiler: no se vio. Se abandonó.
Un abandono institucional
El Sáhara no se perdió en 1975.
Se empezó a perder el día en que España aceptó, en un despacho de Naciones Unidas, que el pueblo saharaui tenía derecho a decidir su futuro y decidió ganar tiempo en lugar de cumplirlo.
A partir de ahí, el derecho a la autodeterminación se convirtió en una promesa aplazada, el aplazamiento en costumbre, y la costumbre en doctrina.
Así nació el referéndum eterno, ese que siempre estaba previsto, siempre se estaba preparando, siempre era «demasiado complejo»… y que, curiosamente, nunca llegaba.
Pero esto lo dejamos para el siguiente capítulo, ese en el que España aprenderá a decir «sí» en los documentos internacionales y «ya veremos» en la práctica. Y lo hará con una habilidad que roza el arte.
¿Conocías esta historia? ¿Cuántas veces has oído eso de que España no «colonizaba», que tenía «provincias»?
Las otras partes de la serie:
Sáhara Occidental. Parte 2: El referéndum eterno (1960-1975)
Parte 2 de la historia del Sáhara Occidental (1960-1975). Análisis de la Resolución 1514 de la ONU, la estrategia de dilación de España y el nacimiento del Frente Polisario ante el «referéndum eterno».
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Un comentario en “Sáhara Occidental. Parte 1: 1884-1958, la colonia olvidada y el mito del desierto vacío”