Nunca pensé que iba a terminar aquí, en un vertedero rodeado de animales muertos, otros no tan muertos, y deshechos bastante desagradables de ver.
Quizá el trayecto en el camión de la basura ya podría haberme hecho prever tan sucio final. Doy gracias al azar por no concederme el sentido del olfato, porque el camino desde el contenedor de la calle hasta esa montaña de basura, pasando por el paseo dentro de ese sucio camión, no es algo que desee ni a los hermanos de plástico barato.
Le podría echar la culpa a esa chacha menudita, pero ella tan solo hacía su trabajo, y a la vista está que no se le da nada mal. Cierto es que pasar un tiempo tan largo entre los cojines de aquel sofá no fue tampoco agradable que digamos. Ni los céntimos olvidados ni los restos de anacardos son una gran compañía. Tenía que decirse.
Si no hubiese sido por ese mocoso malcriado y sus berrinches desorbitados, jamás hubiese volado hasta la cabeza de su madre y de rebote a ese sofá con aspecto de caro. No debo de tener muy buen aspecto con esas gotas de sangre de pija de boquilla. Porque lo único pijo de esa mujer son sus oseas, sus faldas de tenis y su 4×4 de maruja resentida.
Sí, puedo sonar con un cabreo grande, y es cierto. Pero tuvo que venir esa rubia de bote y robarme para su casa. Después de muchos años había conseguido un buen lugar, rodearme de amigos y estar en momentos importantes. ¡Cuántos grandes contratos he ayudado a firmar! Empresarios, deportistas y artistas. Salgo en la mitad de las fotos de la prensa rosa de este puñetero país de catetos desinformados. Siempre encima de un escritorio de caoba, con un brilla que más quisieran tener mis hermanos.
Ay, mis hermanos. Pasé una larga época rodeado de ellos, entre risas y comilonas. Pero el día que entró el pedido en el almacén fue de los mejores recuerdos que guardo. Llevaba años aguardando rodeado de polvo, pero siempre en buena compañía. Sabía que llegaría alto.
Supongo que el largo viaje dentro de un contenedor en un barco une mucho. Sobre todo esos fuertes meneos que decía uno de mis hermanos que eran causa de no sé qué de unas olas o algo así.
Mis primeros días fueron también desagradables, dando vueltas por unas cintas, pasando por manos bien sucias, aunque nunca olvidaré la primera voz que escuché; era un niño menudo con dientes de leche que me hizo sentir el más importante del mundo. Él, conmigo entre sus dedos índice y pulgar gritó:
— Jefe, ¡he fabricado mi primer sacapuntas de metal!
A veces no hace falta una gran tormenta para que algo cambie. Basta una curva, un desvío, un gesto cotidiano. Este relato breve nació en mi blog personal de escritor, donde comparto más textos como este.
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